DescripciónDescription
Aunque el acta de defunción de la pintura se ha venido reescribiendo a lo largo de las últimas décadas, siempre ha habido —y permanecen— quienes han pretendido ponerla en cuestión. De manera ostensible, se ha intentado desacreditarla como una práctica obsoleta y apremiada de otro tipo de procesos de realización y materialización que reactiven su lenguaje y consigan sintonizarlo con la actualidad. Ajenos a ese debate, ahora y siempre, los artistas han seguido pintando, y a estas alturas, ya nadie duda de la vigencia permanente de la disciplina.
Sin embargo, es oportuno recordar esa discusión —a la que nuestro ámbito artístico no ha sido ajeno— cuando es posible responder, como argumento discursivo, con un grupo de obras que, en diferentes términos, festejan la pintura como un arte que propicia la reflexión y el deleite.
Integradas en el recinto de las salas (exhibición de ENA), las obras de Fermín Eguía (1942), Santiago García Sáenz (1955) y Alberto Passolini (1968) —representantes de tres generaciones diferentes— formulan una propuesta conjunta que al mismo tiempo evidencia la autonomía de cada cuerpo de obras. Establecen su vinculación en cierto regodeo que manifiestan en el desarrollo de sus trabajos y en los componentes que podrían denominarse extraños que se incluyen en sus obras; estas razones los han llevado a interrelacionar sus producciones para esta exhibición.
FERMÍN EGUÍA
Todo en este artista busca expandir y potenciar el territorio de la fantasía; su objetivo parece siempre el de movilizar al espectador, ofreciéndole herramientas que le permitan ampliar su libertad individual en cuanto a la percepción de las imágenes, contribuyendo paralelamente a la desmitificación de la práctica artística en torno a la pintura, desacartonándola.
Resulta sorprendente su modo de establecer asociaciones entre las cosas. Las somete a metamorfosis que, sin embargo, guardan la apariencia conocida de lo representado, pero visto de un modo muy nuevo y poco familiar.
Fresco, poético, lírico y también infantil, Eguía se expresa a través de representaciones a la vez irónicas y gozosas, de una forma muy personal y desinhibida; poseedor de una energía visual que casi se torna audible y que tiene su origen en el universo de lo surrealista.
Sus trabajos recientes, Fondo del mar o Entrada del Vapor de la Carrera, Colonia-Buenos Aires, 1938, ejercen un atractivo y provocan un entusiasmo casi infantil que emana de esas imágenes plenas de poesía.
Lo que hace que esas pinturas tan coloridas sean tan interesantes es la circunstancia de que, al mirar, uno se sorprende ante ese cuerpo conocido y a la vez extraño que no encaja en las representaciones que nos resultan familiares. El lenguaje utilizado, en gran medida informal, pareciera provenir de una satisfacción expresiva y un fino deleite humorístico. Su logro de una imagen atípica ha llegado al punto problemático de dislocar lo que en algún momento podría haberse descripto como viñetas narrativas. Es explícito el frente a la narración, sus obras son preponderantemente visuales, parten de elementos que podemos reconocer en la realidad, pero una realidad que se presta sutil y dulcemente a ser reinventada y fantaseada.
ALBERTO PASSOLINI
Su “animación de los objetos” —en este caso, pintados— remite en algún punto a una estética de la infancia, pero es claro que se subvierte esa inocencia que aparece en una primera instancia, y las asociaciones derivan en grandes dosis de parodia.
Modelado por su sentido altamente personal del absurdo y del juego, del humor e, incluso del sentimentalismo, sus obras pasan a ser componentes de un único discurso no ajeno a lo crítico.
Sus trabajos de la serie Si yo fuese dinero semejan las escenas de inmersión entre monedas que realizaba el personaje Tío Rico de la serie Sobrinos del Pato Donald, quien les escatimaba una moneda a pesar de su abundancia.
Passolini, en cambio, deja en claro que su posición sería la de derrochar y repartirse, en oposición al personaje que recordamos, sin que sea necesaria la cita explícita.
Aún más desconcertantes son algunas pinturas de la serie Resurrecciones. En Resurrección asistida por cactus, una pequeña comunidad —o familia— de ellos parece estar reanimando y sosteniendo a un grupo de seres humanos que “despiertan” a la vida y salen de sus tumbas bajo tierra. Los cactus animados parecen estar en una ardua faena en la que, como espectadores, nos sorprendemos ante la extraña ligazón de los personajes.
A través de sus escenas sarcásticas e irreverentes, las obras presentan un aire divertido y a la vez reflexivo, ficciones teatralizadas en composiciones expresivas y efectivas que adquieren una rara dinámica emocional. Apela a la fantasía mediante modos —aparentemente— nada serios, con los que logra una síntesis intensa. Su costado divertido y disparatado, no evita que se potencien sus personajes, y ellos moldean la reflexión para llegar a una figura de pensamiento que convierte a los “objetos cotidianos” en algo especial. Si nos dejamos llevar por su imaginario y nos adentramos en el complejo sentido narrativo de su obra, sus pinturas y dibujos cobran vida propia y crecen por sí mismos, evocando con ello los procesos mentales en los que la imaginación fluye.
SANTIAGO GARCÍA SÁENZ
Quietud, silencio y una pausada contemplación requieren estas imágenes. Un trabajo en el que el impacto de la luz es protagonista central, junto a las delicadas y bellas texturas de las superficies.
Desbordadas de matices sensibles, sus composiciones religiosas —citaciones de la cristiandad— actúan como momentos intermedios de un diálogo con representaciones de arte elaboradas en el pasado. Una categoría como la evocación, tan poco frecuente entre la mayoría de los artistas, se resulta eficazmente por García Sáenz, que parece continuar la vía —nunca agotada— de un tipo de romanticismo menos preocupado por el drama y más interesado por un estado contemplativo, desprovisto de espectacularidad.
El pulso de religiosidad de sus imágenes recupera aquello que se perdió cuando esos íconos pasaron a ser —sobre todo para las generaciones más recientes— clichés vacíos de contenido.
Sin mostrar tanta reverencia hacia sus fuentes históricas como para convertirlas en esclavas, sus pinturas religiosas prolongan una tradición que cuenta con siglos de antigüedad. Y en el rescate de esa tradición, regresan de una manera sencilla al impacto temprano de la elaboración espiritual, demostrando humildemente la vitalidad de representaciones a las que con tanta frecuencia se ha ridiculizado.
A quienes no sean creyentes, o profesen otras religiones, los alcanzará la fascinación de lo ilusorio, el impacto visual por la sutileza de la composición y el deslumbramiento por las incidencias de la luz, las distintas atmósferas y vibraciones cromáticas.
El óleo representado en sus obras Moisés, Anunciación y Resurrección de la República, en la que “elementos divinos” visitan nuestra Pirámide de Mayo, acaso en una esperanzada visión del autor.
El tipo de armonía que inevitablemente resulta de estas pinturas —que recuerdan la factura de las pinturas muralistas— proyecta ante la obra una inmovilidad hipnótica y envolvente, una obra con atmósfera propia.
El conjunto de obras, por sus puntos de disimilitud y, también, sus interrelaciones, le da un carácter especial a la exhibición. Por distintas caminos, los autores han intentado, en diversas formas de transgresión formal en la que integran poesía y pintura, una evocación a aquello que no es explícito.
CuraduríaCurated by
Patricia Rizzo
Lugar de exhibiciónExhibition place
Fondo Nacional de las Artes
CiudadCity
Buenos Aires
Fecha de exhibiciónExhibition date
May 13 – June 30 2003
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Fermín EguíaAlberto PassoliniPatricia Rizzo
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